martes, 6 de marzo de 2012



Una trinchera para defender a las mujeres

Glorianna Rodríguez*

Los mitos, las tradiciones y las historias universalmente hacen referencia a la diferencia entre el hombre y mujer. No es un fenómeno inherente y limitado a un pueblo o cultura particular. Desde la antigüedad hasta hace relativamente poco, el hombre y mujer parecían destinados a desempeñar ciertos papeles sociales, fijados al nacer y cultivados durante su crianza. Serían como dos actores participando en una obra existencial conforme a un guión predeterminado.
Pero fue en los años cincuentas cuando filósofos, psicólogos, sociológos, antropólogos y artistas provocaron una ruptura entre la antigüedad y el mundo contemporáneo al examinar las diferencias entre los géneros. Esas interrogaciones inspiraron los movimientos sociales que rechazaron la subordinación de mujer. Aparte de los movimientos sociales, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) también adoptó una posición favorable con respecto a la condición de la mujer.
Ahora bien, es importante señalar las diferencia entre los movimientos feministas y la reacción de la comunidad internacional. Mientras que los movimientos feministas se apegaron la filosofía existencialista e individualista del siglo XX, la ONU se inspiró en los valores de la filosofía ilustrada del siglo XVIII. Es por ello que la comunidad internacional organizada en la ONU no hizo alusiones a ninguna de las críticas sociales planteadas por las feministas, sino que reivindicó una línea de pensamiento anterior y quizás de mayor profundidad. Se respaldó en la universalidad del ser humano, tesis que fue desarrollada por Rousseau, Locke y Voltaire. Se retomó el pensamiento ilustrado, pero esta vez se decidió que las mujeres también tenían el derecho a salir de la oscuridad. Esa tesis quedó plasmada en 1948 cuando la ONU aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En el primer artículo se estipula que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”.
Hoy día el debate respecto a los derechos de la mujer sigue siendo polémico. La ONU ha realizado una notable labor al tratar de establecer un marco de referencia. Sin embargo, eso todavía no resuelve el dilema de cuándo se debe promover un derecho humano y cuándo se debe respetar una diferencia cultural.
Principio moral. Los derechos humanos no son abstracciones platónicas en un ámbito lejano, divorciado de la realidad material. Nunca se pueden apartar demasiado de las costumbres, eso simplemente resultaría en su ineficacia.
La esencia de los derechos humanos siempre va a ser un principio moral, pero que debe ser garantizado socialmente. Es por ello que algunos pensadores han promovido la tesis de la “moral mínima”. Según Coker, el concepto no se refiere a los ideales per se, sino que establece límites de aceptabilidad. Es la moralidad divorciada de cualquier pretensión utópica. Argumenta que la premisa debe ser la eliminación del dolor y el sufrimiento. Es una tesis interesante debido a que siempre existe una pluralidad de códigos morales.
Al centrarse en los aspectos psicológicos, Coker se aleja de las subjetividades ideológicas y culturales, y se fundamenta en un criterio más objetivo. Por ejemplo, para dilucidar dilemas de relativismo cultural: el uso del velo por parte de las musulmanas podría ser aceptable (no provoca sufrimiento) mientras que otras prácticas culturales, como la mutilación femenina, serían prohibidas.
En fin, los derechos humanos deben incluir el mayor número de voces y el mayor número de actores en el escenario mundial. No son un guión al servicio de la corriente de pensamiento dominante, más bien su objetivo es eliminar la crueldad y la injustica. Los derechos humanos reflejan una intuición noble; su punto de partida es la dignidad y su finalidad es el reconocimiento de cada ser humano como tal. En definitiva, los derechos humanos, de aceptación universal y un código de moral mínima, quizás sean la mejor trinchera para defender los derechos de las mujeres.


*Estudiante de maestría en derechos humanos.