viernes, 11 de noviembre de 2011

¿Por qué India?

Ennio Rodríguez Economista ennio.rodriguez@gmail.com

Conforme el baricentro económico se desplaza de occidente a oriente, cada vez a velocidades más aceleradas, debido tanto a la crisis de occidente como a la forma en que la han enfrentado, dos gigantes, cada uno con más de un sexto de la población mundial, pasarán a ejercer su influencia en esferas que trascienden lo económico. Posiblemente, los dos grandes emporios de la segunda mitad del siglo XXI serán Shanghái y Mumbái. Corresponden a dos modelos particulares de capitalismo autoritario en China y capitalismo democrático en India. Sin embargo, ninguno de los dos puede entenderse únicamente a partir de estos conceptos típicamente occidentales.

En 28 años, China ha logrado sacar de la pobreza a 700 millones de habitantes. Esto no tiene precedentes en la historia mundial. Se requiere, evidentemente, mayor estudio de este fenómeno inédito de desarrollo económico. No obstante, algunos observadores como Reuben Abraham, han señalado que no fue a partir de políticas públicas sociales, sino de crear el clima de negocios para que entes públicos y privados florecieran en el mercado. El éxito parece haberse logrado a partir de creación de nueva riqueza basada en el mercado y no de redistribución de la ya existente.

India viene rezagada con respecto a su vecino. Sus empresas no alcanzan las dimensiones ni la competitividad de sus rivales chinas u occidentales (The Economist estima que se demorarán un par de décadas) y se mantienen como conglomerados familiares sin especialización sectorial y sin inversionistas institucionales. Es un modelo empresarial todavía incipiente, tal como el que se observa en América Latina, y con corrupción pública rampante, que los grupos medios empiezan a combatir fuertemente.

Si se le compara con China, también es evidente su rezago en infraestructura y el sector informal todavía proporciona el 40 % del empleo. En lo social, el sistema de castas sigue pesando como un lastre. No obstante, a su favor, y en contraste con China, las empresas indias han incursionado en la frontera tecnológica y cuentan con una cantera de profesionales de universidades tecnológicas propias que rivalizan con las mejores de Estados Unidos y el Reino Unido.

Tradición de diálogo. El mundo contemporáneo globalizado enfrenta grandes desafíos producto de poner en contacto a diferentes culturas y tradiciones religiosas. Se requiere una visión y actitud que supere el eurocentrismo del siglo XX. Pues bien, India ha enfrentado con éxito desafíos semejantes. Como señala Amartya Sen en su libro The Argumentative Indian, este país se ha caracterizado por la tolerancia, la aceptación de la heterodoxia y el escepticismo, lo cual ha desembocado en una tradición de diálogo.

La democracia más grande del mundo parte de la aceptación de su diversidad y el respeto a sus tradiciones milenarias, y sus métodos de convivencia se fundan en el diálogo y no en la represión o intolerancia. Ha resuelto en su propio macrocosmos, lo que a nivel global se percibe aún como choque de civilizaciones.

¿Puede la India servir de ejemplo y exportar esa esencia de su civilización? La verdad es que está en una situación ideal para ejercer el llamado soft power, como lo definió Nye, la capacidad de un país de influir en la conducta de otros por medio de la atracción de su cultura, valores e ideas (mientras que el hard power se basa en acciones militares o incentivos económicos). Para empezar, India no tiene herencias negativas del ejercicio del hard power. En contraste con China, no tiene una historia de invasiones en el este y el sudeste de Asia, ni disputas en el mar de de China Meridional. Pero además, tiene a Bollywood que ya sobrepasó a Hollywood en la producción cinematográfica. Tiene el prestigio de la revolución no violenta de Ganhdi y, hoy, la imagen de alta tecnología. Finalmente, la influencia de la cocina india es universal.

Pero quizás, para asumir un mayor liderazgo mundial, India deberá demostrar su hard power en el terreno del crecimiento económico, para lo cual deberá regresar a tasas de crecimiento del 10% por año (frente al 7% actual) de una manera sostenida para lograr su transformación económica. Manmohan Singh inició una revolución económica, primero como ministro de Hacienda y luego como Primer Ministro. En 1992 sacó a India de la ineficiente planificación socialista al estilo soviético, e inició la liberalización de su economía y la sometió a la competencia. La respuesta en crecimiento ha sido extraordinaria.

No obstante, los Índices de Hambre Global, si bien muestran mejorías importantes al pasar de 30,4 en 1990 a 23,7 en el 2011, todavía son muy elevados. Evidencia de que la reforma debe continuar: el Estado sigue grande y esclerótico, incapaz de una gobernanza moderna, la justicia es lenta y el rezago en infraestructura es asfixiante. India deberá demostrarse y demostrar a todos que está dispuesta a dar el salto al desarrollo y asumir así una posición de liderazgo regional y mundial.

Si se diera una adecuada combinación de soft y hard power, India podría convertirse en el centro de un nuevo renacimiento del siglo XXI, multicultural y democrático, donde florecen las artes, pero también eficiente y capaz.

http://www.nacion.com/2011-11-10/Opinion/-por-que-india-.aspx

lunes, 7 de noviembre de 2011

La Cultura de la Impunidad

Glorianna Rodríguez

Hoy día se puede afirmar que los países de Suramérica finalmente están cerrando algunos de los capítulos de su historia caracterizados por la violencia y la oscuridad. Cabe señalar que en Argentina un tribunal dictó sentencia sobre dieciocho personas acusadas de crímenes contra la humanidad. Los acusados trabajaron en la Escuela de Suboficiales de Mecánica de la Armada, uno de los centros clandestinos en los cuales se torturaron y “desparecieron” personas durante el último gobierno militar (1976-1983). Entre los sentenciados se incluyó Alfredo Astiz, conocido como “El Ángel de la Muerte”, y que recibió cadena perpetua.

Por otro lado, Uruguay acaba de revocar una ley de amnistía de 1986 por crímenes cometidos durante el gobierno militar (1973-1985). Esto es reflejo de un fenómeno regional. En Perú, el ex-presidente Alberto Fujimori fue condenado por crímenes cometidos durante los 1990; mientras que en Chile, en su momento, también se le levantó la inmunidad de Pinochet para que fuera juzgado por los crímenes cometidos durante su dictadura.

Todo demuestra que la región efectivamente ha iniciado una nueva etapa en su transición de las dictaduras a verdaderas democracias. Este sistema político no se limita a las elecciones periódicas y libres. Más bien, es un concepto profundo el cual requiere un compromiso social para establecer un estado de derecho. Un paso esencial es luchar contra la impunidad, es decir asegurarse que nadie esté por encima de la ley. Es un paso que solamente se ha tomado en Suramérica.

A contrario sensu, en Centroamérica los países más afectados por crímenes de los gobiernos militares han optado por otro camino. En El Salvador, Guatemala y Honduras los gobiernos han preferido concederles amnistías a las juntas militares.

La decisión de fiscalizar los crimines de un gobierno militar u ofrecer amnistía es polémica y compleja. Incluso en el ámbito internacional este es un punto fuertemente discutido, y cada posición tiene sus méritos. El profesor Jack Synder ha señalado que para crear las condiciones para la paz hay veces que se requiere negociar con malhechores en el corto plazo para eliminarlos como un obstáculo para la paz. Según su criterio, las amnistías permiten estabilizar zonas de conflicto, lo cual se logró, por ejemplo en Mozambique y Sudáfrica. Por el contrario, Richard Dicker afirma que las investigaciones de Human Rights Watch, han demostrado que la paz condicionada por las amnistías que conceden inmunidad por crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad no es sostenible. Peor aún, se establece un precedente de impunidad de las atrocidades que alienta abusos en el futuro.

En este contexto, los ejemplos de Guatemala, El Salvador y Honduras son preocupantes. La profesora Jo Marie-Burt señala que la violencia de las guerras civiles de los 1980 ha sido reemplazada por la violencia del narcotráfico. Según su criterio esto es resultado de una cultura de impunidad provocada por las leyes de amnistía.

Centroamérica, lejos de mejorar sus situaciones políticas y sociales, se encuentra ante una coyuntura amenazadora debido a la falta de seguridad y la violencia. Según Carga Global de la Violencia Armada, publicada el 27 de Octubre de 2011 en Ginebra, El Salvador fue el país más afectado por la violencia letal entre 2004 y 2009, mientras que Honduras fue el quinto y Guatemala el sétimo en el mundo.

Por otro lado, algunas de las personas sospechosas de los abusos durante las guerras civiles siguen en posiciones de poder. Otto Pérez Molina quien se perfila como ganador de las elecciones, fue un general durante la guerra civil guatemalteca de 1960-1996. Se estima que más de 200,000 personas fueron asesinadas durante esa época. Fernando Girón representante de Myrna Mack, una organización de derechos humanos, afirma que “ninguna persona que fue militar durante esa época es inocente de los hechos”. Sin embargo, hasta el momento nadie ha logrado presentar evidencia que lo vincule directamente con las muertes. Su popularidad se debe a creciente inseguridad. Debido al narcotráfico, Guatemala se ha convertido uno de los países más peligrosos del mundo. Durante la campaña electoral, treinta y cinco activistas o candidatos para puestos públicos han sido asesinados. Por otro lado, el partido de Pérez Molina excedió el límite de dinero permitido para la campaña presidencial. Pero nunca se reveló origen del dinero.
El Salvador, Honduras y Guatemala hoy día tienen sistemas políticos mucho más democráticos. Pero a la impunidad de las guerras civiles, la desigualdad social y la pobreza, se introdujo el crimen organizado transnacional, el cual se ha articulado con las pandillas y maras El resultado ha sido un incremento de la violencia. ¿Cuándo podrán estos pueblos disfrutar de justica y paz?